Fue sencillo, quizá, cuando han pasado largos años miras atrás. Sin embargo tuvo su momento en el que las dudas se hicieron las campeonas de las horas del día y los signos de interrogación eran habituales y se convertían en laberintos de exclamaciones.
Cuando sopesas, cuando buscas recuerdos que te hagan seguir, cuando miras el presente e intentas poner orden entre lo que sientes y lo que tienes, cuando sueltas lágrimas sin desearlo y cuando se derramaron por la explosión de la decepción, pero llega un momento en el que desearías llorar y ya no hay un sentimiento que te haga brotar.
Te lanzas a tener cabeza y menos corazón, a intentar enderezar el camino que se torció, a dar marcha atrás y llegar aquél desvío que ni conoces, ni sabes, ni entiendes ( fijo que el cartel indicador, estaba en alemán ).
Te pierdes en los intentos, te flaquean las fuerzas, y entiendes por fin, que las batallas se ganan y se pierden, que un día das una coz y otro lo recibes tú, y que no se puede luchar cuando no hay nada que ganar; el vacío no es soledad, es una carga de pesados encuentros con tu realidad.
Buscas el igual, el menos, el más, calibras todas las posibilidades antes de llegar a la división.
Y llega el día en el que te enfrentas a la realidad, con esa fuerza de la debilidad más omnipresente, hablas lo que callaste, acuerdas y rubricas el futuro más incierto de tu presente.
Punto y aparte.
Fue sencillo darle punto y final, lo difícil en algunos casos, es seguir con los puntos seguidos y no encontrar el signo de admiración.
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